Vivimos en un mundo caracterizado, entre otros factores,
por la globalización, la posmodernidad y el pluralismo.
Todo está sometido a cambios -como siempre ha sido
en la historia- sólo con un detalle: los cambios,
ahora, son más profundos y más vertiginosos.
Frente a estos hechos hay dos posibles reacciones por parte
de los cristianos y cristianas: rasgarnos las vestiduras
porque esos cambios nos alarman o responder a ellos con
inteligencia. Si aceptamos la primera alternativa, poco
podemos hacer porque nos quedamos inermes frente a una realidad
que nos supera. Si optamos por la segunda alternativa, la
pregunta ineludible es: ¿cómo debemos responder?
La historia de la Iglesia bien puede ser un punto de partida
para responder a esta cuestión. Tanto Jesús
como los apóstoles fueron personas que vivieron en
un contexto histórico y cultural determinado. Pero
no se aislaron de ese contexto para vivir "fuera del
mundanal ruido" sino que se encarnaron para cumplir
con la misión de Dios. Jesús de Nazaret nació,
vivió y enseñó como un rabí
judío. Su primera preocupación fue dar la
buena nueva de salvación a su pueblo. "Vino
a lo que era suyo, pero los suyos no lo recibieron"
(Jn. 1.11). Es interesante observar que esta afirmación
de San Juan se encuentra dentro del prólogo de su
evangelio, cuyo tema es la encarnación del Verbo
(logos). Jesús no sólo se encarnó
en el sentido de tomar nuestra naturaleza humana sino que
vivió la encarnación en todas sus dimensiones.
Hablaba el idioma del pueblo, comía con publicanos
y pecadores, auxiliaba a la gente necesitada, se asociaba
con los pobres y desclasados. Si tomamos el caso de San
Pablo, allí vemos a un apóstol que también
vivió una vida de encarnación. Hablaba varios
idiomas (hebreo, arameo, griego). Para los judíos
era un judío más. Para los griegos, un griego
más. Evangelizaba de una manera a los judíos
-apelando a las Escrituras- y de otro modo a los griegos,
citándoles a sus propios poetas y filósofos
(Hech. 17).
¿Qué tienen que ver estas referencias históricas
con nuestro tema? La explicación es la siguiente:
Si tanto Jesús como San Pablo vivieron la misión
de manera encarnada en la historia y la cultura de los pueblos
a los cuales evangelizaron, a nosotros nos cabe transitar
el mismo camino. A menos que optemos por un camino más
fácil: la improvisación, la superficialidad
y la repetición de viejas recetas.
El camino de la encarnación en el ministerio cristiano
tiene entre sus ejes centrales la educación. Jesús
fue, sobre todas cosas, maestro. Su perseverancia en la
enseñanza fue tan importante que no se redujo a dar
algunos conceptos generales a sus educandos (discípulos).
Por el contrario, los entrenó de modo integral, con
teoría y práctica y, aún después
de resucitado, les ofreció un último curso
de "posgrado". Ese curso duró 40 días
y su tema fue el Reino de Dios. (Hch. 1).
La deducción es sencilla: el cumplimiento de la missio
dei (expresión que significa que la misión
es de Dios y que él, en su soberanía, nos
hace partícipes) pasa por la educación. No
olvidemos que en la Gran Comisión está el
elemento educativo cuando dice: "enseñándoles
a obedecer todo lo que les he mandado a ustedes." (Mt.
28.20). Pero como dice Paulo Freire, para enseñar
hay que saber. Y para saber debemos estudiar e investigar.
Sobre esta última dimensión, dice el gran
educador brasileño:
No hay enseñanza sin investigación ni investigación
sin enseñanza. Estos quehaceres se encuentran cada
uno en el cuerpo del otro. Mientras enseño continúo
buscando, indagando. Enseño porque busco, porque
indagué, porque indago y me indago. Investigo para
comprobar, comprobando intervengo, interviniendo educo y
me educo. Investigo para conocer lo que aún no conozco
y comunicar o anunciar la novedad.
Para los líderes evangélicos estas palabras
de Freire significan que el camino a transitar consiste
en estudiar, en investigar, en articular nuestro pensamiento
para transmitir el Evangelio en forma comprensible y, sobre
todo, relevante. Si otras profesiones exigen educación
continua, ¿por qué no exigirla a los líderes
cristianos? Algunos colegios médicos en la Argentina
toman examen a sus profesionales cada cinco años.
El objetivo es comprobar si están actualizados en
sus conocimientos. Porque, claro, en sus manos está
la vida de los pacientes. Es hora de que los líderes
evangélicos tomen conciencia de la importancia de
la educación teológica continua que los capacite
en la realización de la missio dei en nuestro
mundo.
Alberto F. Roldán
Doctor en teología. Candidato a la maestría
en ciencias sociales y humanidades.
Director de posgrado de FIET